Ya lo habíamos notado en otras ocasiones. Pequeñas sombras que parecían correr y perderse entre nuestros pies. Incluso lo habíamos discutido, pero ni Roberto ni yo podíamos servir como testigos objetivos pues ambos nos sentíamos culpables cada vez que el fenómeno sucedía. Siempre comenzaba con un viaje y por supuesto, la consecuente estancia de Gerundio y Mink en la guardería del veterinario. Justo al regresar a casa, en vísperas del viaje y ya sin los gatos, tanto Roberto como yo veíamos sombras de mininos con el rabillo del ojo correr por la casa. "Veo sombritas", le dije a Roberto con remordimiento la primera vez que dejamos a los gatos. "Sí." Admitió mi marido. "Yo también siento que veo a Gerundio pasar corriendo". Por supuesto que atribuímos el fenómeno a nuestra culpabilidad y al hecho de estar tan acostumbrados a tener a los michos en casa que ya los alucinábamos. O al ver cómo Gerundio, tan valiente, tan fiel, se abrazaba a nosotros y arremetía contra las chicas lindas de la guardería-vet, que lo querían cargar, con su más fiero fuuuuuu. Pero después de tres vísperas de viaje, tenemos nueva evidencia. Mis hijos se van mañana a pasar el resto de sus vacaciones con mis suegros en Ensenada y mi suegra vino a recogerlos. Roberto y yo hemos decidido pasar unos días fuera. Hoy dejamos a Gerundio y Mink en el veterinario. De regreso a casa, las sombras se hicieron presentes de inmediato. Mi suegra me dijo "acabo de ver un gato pasar". Asentí. Le conté que a nosotros nos pasa cada vez que los dejamos. El fenómeno está comprobado por una tercera persona. Me pregunto si cuando los gatos se van de casa, una de sus siete vidas se queda aquí. Me pregunto si la casa está engatada.
miércoles, julio 20, 2011
El extraño caso de la casa engatada
Ya lo habíamos notado en otras ocasiones. Pequeñas sombras que parecían correr y perderse entre nuestros pies. Incluso lo habíamos discutido, pero ni Roberto ni yo podíamos servir como testigos objetivos pues ambos nos sentíamos culpables cada vez que el fenómeno sucedía. Siempre comenzaba con un viaje y por supuesto, la consecuente estancia de Gerundio y Mink en la guardería del veterinario. Justo al regresar a casa, en vísperas del viaje y ya sin los gatos, tanto Roberto como yo veíamos sombras de mininos con el rabillo del ojo correr por la casa. "Veo sombritas", le dije a Roberto con remordimiento la primera vez que dejamos a los gatos. "Sí." Admitió mi marido. "Yo también siento que veo a Gerundio pasar corriendo". Por supuesto que atribuímos el fenómeno a nuestra culpabilidad y al hecho de estar tan acostumbrados a tener a los michos en casa que ya los alucinábamos. O al ver cómo Gerundio, tan valiente, tan fiel, se abrazaba a nosotros y arremetía contra las chicas lindas de la guardería-vet, que lo querían cargar, con su más fiero fuuuuuu. Pero después de tres vísperas de viaje, tenemos nueva evidencia. Mis hijos se van mañana a pasar el resto de sus vacaciones con mis suegros en Ensenada y mi suegra vino a recogerlos. Roberto y yo hemos decidido pasar unos días fuera. Hoy dejamos a Gerundio y Mink en el veterinario. De regreso a casa, las sombras se hicieron presentes de inmediato. Mi suegra me dijo "acabo de ver un gato pasar". Asentí. Le conté que a nosotros nos pasa cada vez que los dejamos. El fenómeno está comprobado por una tercera persona. Me pregunto si cuando los gatos se van de casa, una de sus siete vidas se queda aquí. Me pregunto si la casa está engatada.
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no son como unas bolas negras que pasan rápido como si rodaran?
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