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miércoles, julio 20, 2011

El extraño caso de la casa engatada



Ya lo habíamos notado en otras ocasiones. Pequeñas sombras que parecían correr y perderse entre nuestros pies. Incluso lo habíamos discutido, pero ni Roberto ni yo podíamos servir como testigos objetivos pues ambos nos sentíamos culpables cada vez que el fenómeno sucedía. Siempre comenzaba con un viaje y por supuesto, la consecuente estancia de Gerundio y Mink en la guardería del veterinario. Justo al regresar a casa, en vísperas del viaje y ya sin los gatos, tanto Roberto como yo veíamos sombras de mininos con el rabillo del ojo correr por la casa. "Veo sombritas", le dije a Roberto con remordimiento la primera vez que dejamos a los gatos. "Sí." Admitió mi marido. "Yo también siento que veo a Gerundio pasar corriendo". Por supuesto que atribuímos el fenómeno a nuestra culpabilidad y al hecho de estar tan acostumbrados a tener a los michos en casa que ya los alucinábamos. O al ver cómo Gerundio, tan valiente, tan fiel, se abrazaba a nosotros y arremetía contra las chicas lindas de la guardería-vet, que lo querían cargar, con su más fiero fuuuuuu. Pero después de tres vísperas de viaje, tenemos nueva evidencia. Mis hijos se van mañana a pasar el resto de sus vacaciones con mis suegros en Ensenada y mi suegra vino a recogerlos. Roberto y yo hemos decidido pasar unos días fuera. Hoy dejamos a Gerundio y Mink en el veterinario. De regreso a casa, las sombras se hicieron presentes de inmediato. Mi suegra me dijo "acabo de ver un gato pasar". Asentí. Le conté que a nosotros nos pasa cada vez que los dejamos. El fenómeno está comprobado por una tercera persona. Me pregunto si cuando los gatos se van de casa, una de sus siete vidas se queda aquí. Me pregunto si la casa está engatada.

lunes, agosto 17, 2009



Calamares a la Mexicana




Aprendí a cocinar por imitación. En una casa con cuatro niñas es natural que la mayor parte del tiempo transcurra en la cocina. Mi madre y mis hermanas son excelentes cocineras, aunque diría que Laura, la tercera, excede cualquier expectativa. Antes de que yo llegara a la pubertad, mi madre, mis hermanas y yo pasamos en la cocina los pocos buenos momentos que recuerdo de mi vida en casa de mis padres. Viviendo en un puerto, los mariscos eran fresquísimos y mi madre enviaba con frecuencia al chofer (mi madre nunca salía de casa, ahora rara vez sale de su habitación) al mercado de mariscos. A mi padre le encantaban los calamares a la Mexicana. Un platillo delicioso, pero muy elaborado. Siempre que mi madre decidía cocinarlo, yo me hacía voluntaria para limpiar los calamares. Había algo en la separación de los tentáculos y la cabeza, y en el proceso de vaciado que me fascinaba. En ese tiempo tenía que usar una silla para alcanzar el fregadero de la cocina y limpiar los calamares, y terminaba mi labor con un fuerte dolor de espalda, pero extrañamente satisfecha.

Con los años pasé por mi pubertad y todo empeoró. Mi madre cayó más profundo que nunca en su alcoholismo y mi padre estuvo comisionado en un puesto de gobierno en La Capital por seis años. Me quedé a merced de mi madre y sus histerias alcohólicas. Al regreso de mi padre nuestra relación, que pasaba súbitamente de una palmada en el hombro a una cachetada que me tiraba al piso y que remataba con varias patadas, se deterioró al extremo que me fui de casa.

Pero me quedó la costumbre de preparar calamares a la Mexicana, y con varias lecturas encima, por fin entendí por qué.

Para mí el calamar siempre ha sido un ser que encierra características masculinas y femeninas. Mi método de trabajo al limpiar los calamares siempre es el mismo: empiezo por arrancar con saña las cabezas de los tentáculos, separando la parte hembra y la parte macho en dos recipientes. Una vez terminada la separación, me voy contra las vaginas. No puedo evitar ver esa boca con dos dientes que hay en medio de los tentáculos como la representación de una vagina, y sobre todo, como el mito de la vagina dentada. Uno a uno voy sacando los dientes de las vaginas y desgarrando los tentáculos en dos partes, cuatro tentáculos por mitad.

En ese momento siento que he derrotado a miles de mujeres, que me he vengado de cada mujer que me ha quitado algo en la vida, y sobre todo, pienso en la vagina de mi madre que nunca me debió dejar salir.

Luego me voy contra las cabezas, que para entonces ya no son cabezas, sino penes. Hay dos formas de limpiar estos pequeños penes marinos, mi favorita es empujar con el dedo índice la punta de la cabeza mientras subes la piel sobre tu dedo, dejando el pene al revés y exponiendo el contenido: Una espina dorsal transparente y frágil y una sustancia blanca y gelatinosa a la que está adherida una pequeña bolsa de tinta: el método de defensa del animal. Vaciar las cabezas y arrancar la bolsa de tinta me gusta por más laborioso que sea, porque es como castrar a las decenas de penes que han estado dentro de mí y se han llevado algo. Es como vengarme de mi marido y de mi padre, los dos hombres que más odio.

Una vez terminada mi labor, sólo resta cortar todo en trozos tamaño comestible, guisar los calamares con ajo y cebolla, tomar un poco de caldo hirviendo y desbaratar las bolsas de tinta ahí, agregar una salsa preparada con los típicos ingredientes mexicanos, y por último añadir alcaparras, aceitunas negras y chiles jalapeños.

Cada vez que sirvo mi platillo acompañado con arroz blanco a un invitado o a una invitada, sonrío al ver cómo lo gozan.

Y sé que la próxima vez que prepare calamares, estaré pensando en ellos.


lunes, enero 26, 2009


Ni un grano de sal



I

Mírame Lot, he regresado.


He roto la coraza de sal dentro de la cual fui aprisionada.

Te vendiste, Lot. Soltaste mi mano. Fuiste tú y no Abraham quien lo planeó todo con esos hombres de negro que llegaron a Sodoma. Ángeles, dijiste. ¡Fui tan ingenua! Ahora sé que ningún ángel dignaría posar un ala en Sodoma. Afuera la multitud exigía carne nueva y tú ofreciste a mis hijas antes de ofrecerlos a ellos. Entonces dudé, ¿por qué sería la voluntad de Dios salvar a un hombre que ofrece sus hijas vírgenes a una multitud desenfrenada?

Después, todo sucedió tan rápido, la huída durante la noche, la multitud enardecida, y luego el fuego calcinándolo todo. Y tú, como siempre, sin mirar atrás, sin arrepentimiento. Sin dolor o compasión alguna por tus antiguos amigos, o por cada mujer que, aún casado, llevaste a tu lecho con tu habilidad para enamorarlas con tu poesía y tu lengua viperina.

Me detuve un momento, quizá un par de minutos, aterrada al escuchar los gritos desgarradores que no cesaban de atormentarme. Me dolía pensar en los pequeños, en las niñas y niños que aún no conocían pecado y que murieron con ellos, los sodomitas, los pecadores sempiternos.

Fue ahí cuando sentí la rigidez apoderarse de mi cuerpo y me di cuenta de que te habías vendido. Que fueron ellos, ángeles, sí, pero caídos, los que pactaron el salvoconducto a cambio de tu alma.

Por un momento pensé que quedaría atrapada para siempre, pero entonces recordé que Dios es Amor, y no guarda rencores como los humanos. Jamás habría ordenado destruir una ciudad entera con sus inocentes porque Dios no tiene los defectos del Ser Humano. Dios es el Buen Padre, y como Buen Padre, perdona todo a sus hijos.

Está claro que Dios, Dios de Luz, Dios de Amor, no tuvo nada que ver en esto. ¿Entonces quién, sino tú, pactó con ellos, los ángeles oscuros, para convertirme en sal, si acaso dudaba, aunque fuese por un momento?

Fue con esta reflexión que la coraza de sal estalló convertida en una nube de ceniza blanca y liberó mi cuerpo.

De pronto lo entendí todo. La mujer encinta esperándote en Zoar y tu aberrante deseo por mis hijas.

Podrás sacar a Lot de Sodoma, pero nunca sacarás a Sodoma de Lot.

II

La historia nunca la escriben los vencidos, Lot.

Tal vez por eso en la Biblia cuentan que mis hijas, vírgenes las dos, sedujeron a su padre la primera noche que pasaron solas con él en una cueva. ¿Y quién, sino tú, pudo haber dado esa versión a los escribas del Viejo Testamento?

Miles de lectores ingenuos lo creerán, Lot, pero yo, su madre, las vi crecer sin conocer varón alguno. Las conozco como te conozco a ti y tus perversiones.

La historia la cuentan los vencedores y la Biblia la escribieron los varones.

¿Quién preguntó a mis hijas lo que realmente sucedió esa noche?

También ellas, a su manera, fueron convertidas en sal por tu traición de padre, Lot.

Me pregunto qué tan distinta sería la Bilblia si hubiera sido escrita por nosotras, las mujeres.


*Para más información sobre la historia de Lot oprime aquí



sábado, diciembre 13, 2008



Estribos



No. Definitivamente no me gusta perder los estribos.

Es incómodo buscarlos, después, tras el buró o debajo de la cama. Muchas mañanas he llegado tarde al trabajo tratando de encontrarlos, pues una vez que los pierdo aún dentro de mi propia casa, pasan horas antes de que logre recuperarlos. A veces pareciera que tuviesen vida propia y se empeñaran en hacerme las cosas más complicadas.

Si los llegase a perder fuera de casa, temo que no podría recuperarlos y no encontraría otros de mi medida. Me dan escalofríos al pensarlo. Sería terrible andar por el mundo con estribos que no me calcen, pues si me quedaran apretados, moriría de vergüenza al ir por la calle con el genio de fuera, y por el contrario, si me quedaran demasiado grandes, lo único que conseguiría es perderlos de nuevo fácilmente.

Por eso procuro dormir con ellos, por más incómodo que parezca.

De otra manera correría el riesgo de confundirlos con los de quien, a veces,  duerme a mi lado.

Lo he tratado todo. 

Le he doblado una esquinita, los he marcado con mis iniciales, los he guardado en bolsas de plástico e incluso los amarré una noche al pie de mi cama, pero es por demás: como si fuera cosa del diablo, si me los quito para dormir, no aparecen en el lugar que les asigné una noche antes y entonces ya imaginarán de qué humor amanezco.

Siempre me he preguntado si los holandeses usarán estribos de madera.

Y en Japón, ¿se quitará los comensales los estribos antes de entrar a cualquier restaurante? ¿Tendrán alguna manera de contralar el carácter de la gente sin estribos en los restaurantes japoneses?

Por más que yo trato de echarles un ojito de vez en cuando, si me quita los estribos en público, siempre temo que me los roben. Mis hijos pierden sus estribos a cada rato. Es cosa de llevarlos a uno de esos parques donde deben dejarlos a la entrada y adiós estribos, llegan a la casa hechos un berrinche. He tratado de marcar sus pequeños estribos de alguna manera, hacerles una marca con un cuchillo, etiquetarlos con un pedacito de papel en blanco o escribir su nombre con un marcador imborrable, pero a esa edad los niños son poco cuidadosos y por si fuera poco necesitan estribos nuevos cada año.

Una vez tuve unos estribos preciosos, de plata, pero una amiga de una amiga entró a la casa y no le llamó nada más la atención que mi flamante par de estribos. Ya se imaginarán entonces el sainete que hice al quedarme con el genio al aire.

Ahora que voy de prisa todo el día procuro no quitármelos, porque con las carreras podría correr el riesgo de ponerme un estribo de uno y otro de otro, con lo que me vería muy extraña gritando y sonriendo al mismo tiempo en medio de una singular rabieta mientras que varios hombres vestidos de blanco acuden a encerrararme en algún hospital psiquiátrico con todo y los estribos que no cazan. 

Por eso prefiero dormir con ellos puestos. Aunque me causen una comezón horrorosa y amanezca adolorida y con la boca seca.

He procurado acostumbrarme a las nuevas versiones, pero la tecnología avanza muy rápido y yo no me acomodo a esos estribos modernos que vienen con tantas opciones. Detesto especialmente los que traen hasta antivirus integrado. 

¡Batallé tanto cuando salió la primera edición en Windows! 

Todavía añoro aquellos que venían en un programa llamado Wordstar. Pero eso fue incluso antes del Internet. Cuando las cosas eran más sencillas y no todo era electrónico. 

En realidad, aún prefiero las versiones menos complicadas, antiguas, si se quiere.

Sobre todo manuales.

Las que se calzan fácilemnte o las que se llevan bajo el vestido y abotonan o se amarran con cintas y sobre todo, las que siguen hechas de hueso de ballena.

domingo, noviembre 30, 2008


Deseo


para pescadito

Le llamo, lo confundo, le pienso, lo seduzco, ¿lo asusto?, lo persigo, lo atosigo con mis letras, lo obligo a responderme, le zumbo alrededor de la cabeza. A veces lo fastidio. Tanto lo fastidio, que si le llamo finge no reconocerme o se olvida de olvidarme. Me interesa, me intriga, me entretiene, me sueña, ¿me desea? me hace reír, me seduce con sus letras. Quiero abrirle la cabeza y ver cómo funciona su cerebro, quiero ver de dónde sale su ingenio, quiero ver por qué sus palabras brincan y hacen trucos mientras que las de otros se quedan planas e inermes, como muertas o aburridas sobre el papel en que fueron escritas.

Tengo ya preparado mi escalpelo.

Muy pronto obtendré de él lo que más deseo: la materia gris de sus ideas.

viernes, septiembre 05, 2008



EX NOVIOS*





El mundo está poblado de ex novios: esos seres transparentes, peluditos, que se alimentan de comida tailandesa y suelen beber mucha dos equis.

Me los encuentro en todas partes.

Nada menos ayer por la mañana, descubrí a dos que me observaban desde el fondo de una taza de café, con esa mirada curiosa que suele uno encontrarse en los ojos de los ex novios.

Creo que los sigo amando a todos.

Gracias a ellos aprendí que la única forma de preservar el amor, de mantenerlo nuevecito, oliendo a limpio y a recién estrenado, es no vivir con tus amores.
No casarte con ellos.
No permitir que platos ropa libros cuentas y otras malvadas bacterias acaben por enfermar a tu amor y le gasten las orillas.

Yo no quiero un amor con la patita rota.
No quiero un amor pegado y vuelto a pegar con cola loca.
No quiero un amor que alguien puso en especial porque lo mandaron defectuoso de la fábrica.

Por eso señores, ¡qué vivan los ex novios!

¡Qué vivan los amores platónicos!

Qué viva la gracia, qué viva el amor, qué viva la ex novia de aquél caracol.

Que vivan los ex novios aunque me hagan llorar, me hagan sonreír o me hagan emborracharme.

Qué vivan los ex novios y que yo nunca viva con ellos.

Los ex novios son los únicos males necesarios.
Suelen moderar mesas en encuentros literarios.

Caen del cielo como las moscas y siempre le atinan a tu plato.

A veces te hacen comentarios poco amables con extraños acentos y te recuerdan que “estás media pasadita de peso”, o te enseñan la foto de su bebé recién nacido y te pellizcan la pierna.

Pero tú se los perdonas todo porque de pronto su mirada enternece y entonces lo sabes: fuiste el amor más bello de sus vidas.

Qué vivan los ex novios que te llaman por teléfono a las tres de la tarde justo cuando vas de salida.

Qué vivan los ex novios que se meten a hurgar entre tus fotografías y desprecian a tus demás ex novios.

Qué vivan los ex novios que olvidan el nombre de tu novio y se sonrojan cuando mandas saludos a su esposa.

Qué vivan los ex novios que te consiguen trabajo y comparten contigo sus mejores victorias.

Qué vivan los que se finjen borrachos y tocan a tu puerta en la madrugada con la esperanza de que los seduzcas.

Qué vivan los ex novios porque a veces los seduces.

Puedes escucharlos decirte que te aman y creerles que te aman. Puedes creerlo porque para ellos, siempre serás la misma chica adorable de quien alguna vez se enamoraron.

Los ex novios también lloran.

A veces fingen no verte y corren a esconderse tras las faldas de sus futuras ex novias.

Los has sorprendido espiándote las piernas precisamente el día que se te olvidó ponerte fondo.

Los has percibido en lecturas, mirándote de frente y prendiendo dos cigarros al revés o al mismo tiempo.
Los has visto encelarse cuando por casualidad, les mencionas tu fin de semana con ese tipo precioso que vive en Playas de Tijuana.

A veces los ex novios se ruborizan.

Se convierten en niños grandes y te reclaman que para ellos nunca preparaste codornices.

En sus gargantas borbotea la risa cuando te arremolinan el cabello.

Sus caricias son toscas pero sus recuerdos tiernos.

Si los regañas, se convierten en monos de peluche.
Si los acusas de haber perdido la galantería se ofenden y reaccionan abriéndote las puertas.

Quién sino los ex novios para coquetear sin arriesgarlo todo.

Quién sino ellos, para hacer del amor una lata de frutas en conserva.

Quién sino esos males necesarios, esos glitches del destino, esos tipos divinos que puedes disfrutar a diario porque nunca fueron tuyos.


* Cualquier parecido con la realidad es meramente conicidencia.

jueves, septiembre 04, 2008



ROTO


Roto. Hecho pedacitos. Así quedó mi corazón después de aquel viernes de madrugada. Yo le había servido un poco de merlot para enjuagar los pecados. Él, agradecido, tocaba el arpa azul de mis cabellos. No fue nada planeado. No hubo mala intención. Simplemente resbaló cayendo al suelo y ahora está ahí, multiplicado, tan parecido a ese papel multicolor que usan en las ferias. Mi corazón cubierto de letritas, ahora ilegibles; mi corazón rediseñado en miles de pequeños corazones rotos como un minúsculo rompecabezas. Procuro unir los pedacitos con los ojos inundados de lágrimas. Pero es inútil, he olvidado cómo hacerlo. Cómo unir las letras para construir las frases que le devolverían su identidad a este mi corazón mutilado. Finalmente tomo la escoba y el recojedor, barro el piso hasta formar un montoncito de fragmentos luminosos, transparentes, ahora un poco mezclados con pelusa, insectillos y otras cosas que habitan los pisos de las casas. Recuerdo entonces que mi corazón nunca fue rojo. No tuvo esa forma común de las cajitas de chocolate. Mi corazón se parecía mucho más a una botella de coca cola vacía o a una tostada de almeja con tomate. ¿cómo pude yo vivir por tanto tiempo con este corazón sin ver sus verdaderos colores? Empujo un poco el montoncito con el dedo gordo de mi pie derecho. Miro fijamente los pedazos y sostengo la respiración, siempre con la esperanza de que un trocito cobre vida y obedezca.