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sábado, octubre 03, 2009


Sinfonía en M


Querido Edward:



Lo siento.

Sé que prometí no tirar más pianos por la ventana y no destruir una sola más de tus pertenencias en otro de mis arrebatos, pero anoche, al ver que de nuevo habías cambiado la cerradura de tu habitación, no pude contenerme y casi acabé con tu colección de instrumentos musicales.

Empecé por los Stradivarius que han estado en tu familia por generaciones. Con el primero me entretuve un rato tallando el arco contra sus cuerdas como si quisiera prenderle fuego hasta que vi cómo poco a poco cada una de las ancestrales fibras del arco cedían ante la presión de mis brazos; después estrellé el delicado cuerpo del violín contra la pared del cuarto de música. No necesité más de dos buenos golpes para romper su hermosa figura. Cuando me aseguré de que estaba completamente roto, lo lancé al piso y brinqué sobre él con mis botines de baile hasta verlo reducido a pequeños trozos de madera que de inmediato aventé a la chimenea.

El segundo Stradivarius fue lanzado al fuego todavía entero, intacto, palpitante. Nunca he escuchado música más bella que la que salió de sus cuerdas a la hora de que su cuerpo, encendido, comenzaba a consumirse.

Acto seguido mis ojos se clavaron en el Cristofori que adquiriste por una fortuna en Sotheby's. Al verlo recordé la tarde que me llevaste emocionado al cuarto de música. Estaba sola (como casi todas las tardes) en mi cuarto de lectura, cuando entraste intempestivamente y exclamaste con la emoción de un niño: “¡te tengo una sorpresa!” Me llevaste todo el trayecto hacia el cuarto de música con los ojos tapados y yo me sentí más ilusionada por tenerte cerca y aspirar tu aroma que por la sorpresa.

Cuando llegamos al cuarto de música y retiraste tus hermosas manos de mis ojos, lo único que vi fue un piano antiguo, sin pedales, nada impactante y más bien pequeño. “¿Una piano viejo? Pero no tiene pedales y solamente alcanza 54 notas”  te dije, asomándome a su interior para revisarlo. Me contestaste con los ojos iluminados por la emoción “Viejo. Sí. Fue construido en 1720, nada menos que por  Bartolomé Cristofori, el protegido del príncipe Ferdinando de Médici.  Pequeña (siempre me llamaste Pequeña) , date cuenta: Cristofori es considerado como el inventor del piano moderno. Solamente quedan tres de sus pianos en el mundo, y ahora uno de ellos es parte de nuestra colección privada”, dijiste mientras me levantabas en vilo y girabas de gusto conmigo entre tus brazos.

Ese día me besaste como al principio, cuando la pieza más importante de tu colección, la más preciada, era yo. Después le ordenaste al personal de cámara que nos prepararan el lecho y una mesa con fruta, postres y vino en el cuarto de música.

Hicimos el amor toda la noche frente al Cristofori.

Con el recuerdo de tus besos aún vibrando en mi boca, llamé a algunos lacayos que se encargaron de levantar el piano. “¿Dónde lo quiere, Su Majestad?", "En el fondo del jardín”, contesté distraídamente mientras mis ojos se posaban ya sobre mi siguiente víctima.

Cuando vi que los lacayos hacían esfuerzos por sacar el piano de la habitación, les demandé a gritos que lo tiraran por el balcón. Pude ver sus caras de horror y de sorpresa, pero ninguno de ellos se atrevió a contradecir mis órdenes. Los cuatro fuimos testigos de cómo el piano pareció primero aguantar la caída y luego derrumbarse, abriéndose en gajos como una mandarina que deja caer las teclas entre sus intestinos.

Hasta entonces me permití un pequeño suspiro de satisfacción antes de seguir con mi tarea.

El clavicordio que Gottfried Silbermann, gran amigo de  Bach, fabricó para el  Emperador Francisco El Grande trataba de pasar desapercibido en una esquina. Casi estoy segura de haber escuchado sus cuerdas temblar cuando me acerqué lentamente hacia él y, mientras acariciaba su superficie de madera pulida, daba la  orden a los lacayos  (que para entonces me miraban aterrados)  de que dispusieran del clavicordio de la misma manera que lo habían hecho con el Cristofori.

Esta vez no me quedé a ver cómo el clavicordio caía al suelo. Cuando escuché el estruendo de madera rota y cuerdas ya estaba lista, mirando de frente a mi siguiente víctima:

El diamante de tu colección, el piano que la firma John Broadwood and Sons regaló a Beethhoven en 1781, el piano que sirvió como prototipo para los pianos de cola modernos, descansaba majestuosamente en una esquina bien iluminada del gran cuarto con ventanales de vidrio. Ciertamente era una belleza y el piano lo sabía, por eso no estaba preocupado al ver la destrucción a su alrededor. Desde su esquina parecía observar con cierto desdén a todos los demás instrumentos. Esta pieza de colección valía por sí mismo una fortuna, pero lo que te atraía de este piano en particular, lo que no pudiste resistir cuando te lo ofrecieron a un precio estratosférico aún para nosotros, fue saber que Beethoven compuso en él muchas de sus obras.

Al recordar la ternura con la que tocabas sus teclas de marfil durante las dulces mañanas de nuestro primer año de matrimonio mientras yo te escuchaba embelesada, sin poder arrancar mis ojos y mi corazón de tu belleza masculina y despreocupada, fui presa de una rabia casi animal.  Ahora tocabas esas teclas con más amor de lo que me tocabas a mí.

Maldito tú y tu colección de instrumentos musicales. Maldito tú y tus colecciones. Maldito tú y tu colección de mujeres, todas las que furtivamente entraban y salían de tu habitación ahogando las risas de madrugada mientras yo me mordía los labios de celos en mi habitación virginal.

Yo misma comencé a jalar el Broadwood hacia la ventana.  Podría jurar que el más sorprendido era el propio piano, aunque los lacayos al ver la escena corrieron a mi ayuda con los rostros desencajados y llamaron a dos refuerzos para lograr arrojar el gran piano de Beethoven por el balcón.

El majestuoso Broadwood fue a caer justo encima del Cristofori y el Silbermann, produciendo unos sonidos destartalados que mitigaron un poco el dolor y la ira que parecía quemarme por dentro.

Ordené a los lacayos que se retiraran y seguí observando la habitación llena de objetos, pinturas e instrumentos de gran valor; tu habitación favorita, a donde te retirabas cuando querías poner tus pensamientos en orden o simplemente gozar de un poco de tranquilidad y solitud.

Continué mi cacería, buscando el siguiente objeto para continuar con mi destrucción, pero en ese momento me arrasó un agudo oleaje de dolor al saberte completamente perdido. Fue un dolor tan profundo, tan... real, que me paralizó.  No pude moverme o levantar la vista, ni siquiera mis brazos me obedecían. Me sentí incapaz de actuar, de volver a la normalidad, de seguir respirando.

Escoger otro objeto y encontrar la fuerza necesaria para destuirlo  me fue imposible.

Bastó un sólo momento de lucidez (o  de locura) para entender que de todas tus colecciones, la que valuabas aún más que la de instumentos musicales, era tu colección de mujeres.  Lo sabía porque a pesar de ser mi Rey y habierme jurado lealtad ante la Ley Divina y Humana, nunca tuviste el decoro ni la delicadeza de esconder a tus favoritas, como lo hicieron por tradición tus ancestros.

Ver el desfile constante de mujerzuelas entrar y salir de tu habitación y comer en el sitio de honor en la corte fue una fuente constante de dolor y humillación para mí, pero mi papel público no me permitía expresarlo.

Me supongo que entonces tomé la decisión: podrías tener a todas las cortesanas que quisieras, todas las damas, marquesas y duquesas, princesas incluso, pero La Reina no estaba dispuesta a formar parte de tu colección.

Sin pensarlo más, me lancé por el balcón y caí sobre los pianos, donde expiré entre notas desafinadas y teclas de marfil que poco a poco se tiñeron con el bermellón de mi sangre.

sábado, junio 27, 2009




Alas

A veces puedo ver mis alas: un par de membranas frágiles y transparentes. 

No son unas alas grandiosas y no están cubiertas de hermosas plumas blancas como las que he visto en los libros de catecismo. Tampoco son poderosas. No podrían siquiera provocar una ventisca.

No son vistosas o coloridas, como las de las mariposas. Más bien son un par de apéndices portátiles, a veces innecesarias, un poco incómodas en ocasiones y difíciles de mantener planchadas.

Sin embargo, las requiero.

Desde el momento mismo en que tomé la decisión de volar, supe que tenía tres opciones y aunque debo confesar que al principio me inclinaba más hacia la levitación, finalmente me decidí por las alas porque siempre me han parecido una alternativa más estética.

Levitar me parecía peligroso. ¿Cómo asegurarme de mantener la cabeza arriba y las extremidades colocadas en el lugar apropiado? Mi ya de por sí baja autoestima me hizo sentir terror ante la idea de pasar flotando patas arriba frente a un grupo de voladores experimentados.

La capa me parecía aún más complicada. Aunque su uso me asegurara una firme posición horizontal de vuelo con la espalda bien dispuesta hacia las estrellas y una línea de desplazamiento que marcara claramente la distinción entre el Arriba y el Abajo, esta opción aumenta el riesgo de caer en ese hoyo negro que es el mal gusto.

Y es que en cuestión de capas, basta con analizar los imperdonables errores estéticos que han cometido sus entusiastas a través del tiempo para darnos cuenta de la importancia de no salir al espacio para hacer el ridículo.

Está bien, por ejemplo, vestir mallón azul con capa roja, siempre y cuando uno lo combine con botas y calzones en color carmín y se coloque un escudo amarillo con una S dibujada en el pecho, ¡pero atreverse a salir con traje negro, la capa rasgada y un antifaz con  orejitas debería ser penado!

Yo les invito entonces, amables lectores, a que mediten a fondo sobre la cuestión estética en esto de las modalidades de vuelo.

Y es que volar nunca ha sido problema. Lo difícil es decidirse. Nadie volamos porque a todos nos han dicho que no podemos hacerlo, pero en realidad, volar es simplemente echar un brinco y olvidarse de volver al suelo.

Después del despegue, permanecer elevado es mucho más sencillo. Mi método favorito es crear una burbuja de aire en mi vientre y jugar con ella, lanzándola de arriba a abajo dentro de la cavidad torácica para controlar la altura y la velocidad del vuelo. Pero lo que  disfruto  más, es tenderme boca arriba con los brazos y piernas extendidas y la cara hacia las estrellas, flotando suavemente sobre una alfombra de aire para observar las nébulas y las galaxias, redibujarndo  el mapa del firmamento y jugando un poco con las constelaciones, cambiándoles de nombre y forma, robándole el arco a Sagitario, recorriendo las piernas de Virgo y haciendo de Piscis una cena deliciosa.

Pero entonces empezaron los problemas.

A mí me dio por volar todas las noches y a mis vecinos por indignarse cuando me veían flotar por encima de sus tejados. Los niños creyeron que era una bruja y los hombres una voyeur ingeniosa, pero el verdadero inconveniente surgió cuando las amas de casa empezaron a verme llegar por las mañanas, despeinada, llena de luces, con una sonrisa extática y con las alas manchadas de polvo estelar o chorreando tras mis chapuzones en la vía láctea.

Se formó entonces el Comité de Damas Decentes Contra Vuelos Nocturnos.

Los Dirigentes de la Ciudad prohibieron abrir las ventanas después de la caída del sol. Todos los seres de la ciudad con capacidad de vuelo fuimos encerrados en celdas sin ventanas. Fue una cacería de brujas, o más bien de alas y capas. Todos nosotros, los que alguna vez fuimos libres, ahora hemos sido derrotados por esa masa gelatinosa que suele ser la vida moderna. Somos tan sólo fragmentos de lo que alguna vez fuimos. Nosotros, antes libres y completos, hemos quedado rotos, desvalidos, dañados para siempre. Convertidos en seres cuasi-humanos. 

Un puñado de miseria vencido por un sistema monstruoso que no tiene pies, alas, capas ni cabeza.

domingo, marzo 01, 2009



Dolorosa



Entró a la iglesia casi por accidente. Simplemente necesitaba descansar la pierna un rato.

Era una de esas tardes frías, extrañamente serenas, que suelen envolver a los humanos justo al inicio del invierno.

Un rumor de voces resonantes parecía brotar de la estructura cansada. Era la hora del rosario. Las fiestas de La Dolorosa.

El interior de Nuestra Señora se hallaba iluminado tenuemente y la luz de las veladoras producía sombras extrañas que danzaban sin compás alguno alrededor de los santos de yeso. Las figuras, de tamaño natural, representaban a hombres atormentados por la agonía de su amor a Dios. Estatuas lúgubres, sangrientas, placeres torcidos de algún artista fanático.

Los fieles se turnaban el responsorio haciendo vibrar sus cuerdas vocales a destiempo.

Pedro, sentado en una banca del extremo derecho, junto al confesionario, observaba la escena y se detenía a escuchar el efecto resonante que generaban los enormes techos del edificio.

Era un hombre de gustos severos, terrenales, y creía en pocas cosas. La religión, pensó, no era una de ellas. La suerte, la casualidad, los misterios del esoterismo y la magia le producían una molestia profunda.

No entendía cómo la gente podía ser tan ignorante. Creer en lo que no se ve y no se toca le parecía una absurda pérdida de tiempo. Pedro creía en el trabajo, en él mismo y en la muerte.

¿El amor? el amor no era una opción en ese momento.

No era que no creyera en él, seguramente existía, incluso le pareció sentirlo en cierta ocasión, pero sus ocupaciones, la muerte de su padre, la carrera de su hermano y la reciente enfermedad de su abuela le parecían más importantes.

A los 27 años, había decidido permitirse el lujo de estudiar una segunda carrera.

Por pasión, decía a quien —a veces— lo escuchaba. Por pasión, se repetía mientras balanceaba chequeras, cuentas, un despacho y varios negocios. Por pasión, repitió mientras entraba a la vieja Iglesia de Nuestra Señora casi contra su voluntad, pero atraído por lo antiguo y solemne del edificio. Se sentó en la banca sólo porque tenía en la pierna un golpe viejo, un golpe para el que, como para el amor, no tenía tiempo.

Sentado ahí, se preguntó qué tal sonaría una canción de Charly García dentro del recinto y sonrió un poco pensando en la cara que pondrían los fieles si escucharan una de sus letras. La música le atraía, lo encantaba, la música era la única mujer a quien le permitía compartir su vida.

Sus ojos recorrieron despacio cada rincón del viejo edificio. Tenía algo de quietud, pensó, algo que lo alejaba de ese mecanismo gigantesco de engranajes complicados en el que la vida solía convertirse.

Entonces la vio a ella.

Se hallaba de espaldas, parada frente a un crucifijo con actitud retadora. Llevaba un vestido negro y el cabello, revuelto, cubierto por un manto del mismo color que el vestido. Parecía pequeña, pero no lo era, y sus manos temblaban al encender una vela.

No era una mujer atractiva, su figura era demasiado curva para los gustos de este hombre que, sin embargo, no podía quitarle la vista de encima. Los pliegues del vestido se perdían justo debajo de la cintura y se multiplicaban cerca de los tobillos.

Pedro tuvo la certeza de haberla visto antes y experimentó algo muy parecido a la sorpresa.

Una parvada grande de pájaros negros se acomodó en su vientre.

Del cuello de la mujer —¿joven, vieja? No era fácil saberlo— pendían collares extraños que se distinguían apenas con el reflejo de las flamas, sus brazos, semi-cubiertos por pulseras plateadas, terminaban en un par de manos que revoloteaban en un ademán de pájaro atrapado por los anillos que llevaba en los dedos.

Tenía las uñas pintadas de negro.

Pedro, que la observaba de lejos, se olvidó de todo esto cuando, por fin, sus miradas chocaron. Ella lo miró sin mirarlo y se dirigió de nuevo al crucifijo para continuar el reto. Tenía unos ojos enormes, ambarinos, pero no más bellos que otros ojos cualquiera.

El efecto de esa mirada provocó en Pedro un golpe físico. Su ritmo cardiaco se aceleró y sintió que un cuchillo caliente le atravesaba el pecho. Pensó en gritar, en írsele encima y sacudirla por los hombros. Había algo en ella que lo inquietaba y esa inquietud le producía a su vez una especie de rabia.

Justo en ese momento la mujer salió casi corriendo de la iglesia, despavorida.

Pedro no lo pensó dos veces. Se levantó para seguirla.

Sintió el viejo dolor de la pierna subirle hasta la ingle mientras cruzaba el atrio del edificio. Una vez fuera volteó a todas partes, buscándola, y alcanzó a distinguir su figura justo cuando doblaba la esquina.

Pedro dejó su auto estacionado y se lanzó tras ella.

Atravesaron calles oscuras, doblaron otras esquinas y siguieron así por algún tiempo. A veces, cuando la luz de alguna lámpara eléctrica le iluminaba la cara, Pedro podía ver la expresión de angustia que parecía embargarla.

Ella iba muda, transfigurada, como arrastrada por un hilo invisible que parecía llevarla cada vez más lejos. Contra su pecho estrechaba un objeto oscuro que Pedro no alcanzaba a distinguir bien.

Por fin llegaron a un departamento.

Pedro, jadeante, se dio cuenta que estaba perdido y se sintió un poco tonto. No era su costumbre perseguir mujeres desconocidas y realmente no tenía tiempo de extravagancias. Pensó en darse la media vuelta y pedir un taxi para regresar por su auto y manejar a casa, pero en ese preciso momento ella volteó a verlo y lo miró a los ojos.

Sonriendo, lo invitó a a pasar, diciendo que lo esperaba desde hace tiempo.

Aunque Pedro creyó que aquello era un error y que la falta de luz había provocado que ella lo confundiera con algún amigo, la curiosidad y la confusión le hicieron dar un paso hacia delante. Y, como todos sabemos, después del primer paso siguen muchos más.

Adentro, el vino, la música, las velas, la poesía, el incienso, los gatos, los libros, los colores y la voz de ella se confundieron en una sola sensación vibrante, semejante al murmurar de muchas voces en el responsorio de alguna iglesia.

Era como si siempre hubiera estado ahí.

Pedro no podía dormir con alguien desde hacía tiempo, desde que otra ella partió dejándolo solo, perdido y enojado. Pero esa noche durmió como niño en sus brazos, sin necesidad de algo más que sentir su corazón latiendo contra su pecho y su respiración que se ajustaba a la suya. Así, arropado por su cuerpo, Pedro sintió volver al vientre primigenio.

Cuando despertó, la mujer ya no estaba ahí.

Pensó en marcharse, recordó que no era su tiempo y que no estaba buscando a la mujer de su vida, pero deseaba escuchar su nombre. Deseaba escuchar de nuevo cómo esa risa brotaba sin ningún esfuerzo de sus labios. Quería abrazarla, hacerla parte de él, borrarle esa expresión extraña de los ojos.

La esperó varios días.

Desesperó.

Repensó su vida y decidió que su vida era ella.

Siguió pagando la renta del minúsculo departamento, canceló sus negocios y cuentas y se dedicó a vivir entre los muebles, los libros y los gatos de aquella mujer. Buscó algún indicio, un nombre, una fotografía, pero únicamente encontró marcos vacíos y álbumes de fotografías llenos de estampas de santos, como los que venden fuera de las iglesias.

Pedro antes incrédulo, fue a que leyeran su suerte con la baraja, el café turco y hasta con una tropa de gitanos que llegó a aquella ciudad jurando encontrar desaparecidos. La necesidad de encontrarla llevó a Pedro a aprender a descifrar presagios y a consultar las fases de la luna. Asistió regularmente a misa esperando encontrarla de nuevo.

Todo fue inútil.

Desesperado, al darse cuenta que se cumplía ya el primer año de haber conocido a la mujer de ojos ambarinos, decidió largarse y vender las cosas de ella a un anticuario.

Entró a una tienda de viejo, contraesquina de la iglesia donde la vio aquél día prendiendo una veladora. Buscó al dueño para hacer algún trato con él, pero una vez ahí, no pudo quitar los ojos de una pintura que representaba a una mujer vestida de negro con actitud retadora, parada frente al crucifijo de la iglesia de Nuestra Señora.



domingo, diciembre 28, 2008

La Señorita Supermán y La Generación
De Las Sopas Instantáneas



Hay días
en que no enfría la cerveza
el tequila no calienta
tampoco tú.

—Regina Swain


Baño apresurado a las siete. Desnuda, y a punto de entrar en la pequeña cámara lava-cuerpos, se lleva la primera sorpresa:

NO HAY AGUA CALIENTE

Cree escuchar risitas y enseguida piensa: “debo estar dormida aún”. ¡Café! un café sería muy bueno, conseguiría con ello abrir los ojos. A tientas busca un cerillo.

SSSCRACH

Lo prende.
Gira la manivela para encender la hornilla.

Segunda sorpresa:


NO HAY GAS

Nuevas risas bailan al son de una modorra mañanera que no cede.

No hay agua caliente... no hay gas... que no cunda el pánico... agua, sí... un vaso de agua sería bueno.

El garrafón la contempla impávido y muy, muy vacío.


Ella se resigna.

Hay que consecuentar estas mañanas como a niños caprichosos.

La primera decisión del día será ¿baño frío sobre piel caliente, o piel caliente y adormilada bajo la ropa?


Gana piel caliente y adormilada.

El estómago se hace presente como espíritu chocarrero y Ella piensa en las consecuencias que traería engullir un pan con mermelada.

¡Al diablo las consecuencias! Gracias Dios por el pan de cada día (aunque no haya mermelada).


Piensa en la hora.
Piensa en qué ponerse.
Piensa que le han salido arrugas en el alma.
Piensa.

Afuera, el sol le recuerda insensiblemente su calidad de criatura nocturna, le hiere los ojos y parece preguntarle: ¿Te acuerdas niña, de las copas de anoche y el joven de los ojos grandes? (Ella recuerda más el tequila que los ojos grandes).

De pronto, como en las películas de Warner Brothers, podemos apreciar una escena retrospectiva en la que una Ella más niña, aunque igual de despeinada, observa el cuidado con el que su madre se maquilla, mientras le dice, con la gracia de una reina:
—Ya lo sabes, preciosa: las niñas buenas no toman tequila, sino shirley temples.

Termina la escena y de vuelta al rostro de Ella, ahora con los ojos rojos e inyectados. Se encuentra en una habitación a oscuras, llena de humo, “jipis” y greñudos por doquier, sentados en flor de loto tan inmóviles, que parecen estar jugando a las estatuas de marfil, uno dos y tres así, ríe Ella una risa estridente mientras enciende de nuevo una pipa verde que contiene una hierba verde para que sus ojos verdes se pongan... ¡rojos! (¡vaya error cromático!)

—Las niñas buenas no fuman, y tampoco hablan mucho. Comen como pajaritos y nunca llegan a su casa después de las diez de la noche. ¿Lo entiendes, nena, lo entiendes?— continúa la madre/reina desde su trono hermoso y perfumado.

Y la niña contesta:

Pero ¿y las sopas instantáneas, madre, y las carreras de perro para conseguir trabajo? ¿Y las idas a la penitenciaría a recabar información, dónde meto todo eso? ¿Dónde lo coloco? ¿A un lado de los osos de peluche? ¿Entre mis sábanas blancas? ¿Dónde guardo a las prostitutas de la Zona, mamá, dónde pongo mis angustias? ¿Dónde el miedo a no ser suficiente y la sarta de palabras agregable a “suficiente”? Suficientemente linda, suficientemente buena, suficientemente seria, alta, flaca, bella, fuerte, brava o experimentada.

¿Cómo viven hoy las niñas buenas, madre, entre gritos y conflictos bélicos; entre azul y buenas noches; entre listas de amores frustrados, líneas de coca y uno que otro arponazo a la conciencia? ¿Entre nubes de humo que se burlan?


La madre la mira largamente: —¡Ay, niña! No preguntes tonterías.

¿Y la amenaza de SIDA, madre, y el borracho de la esquina, dónde, dónde colocarlos? ¿Dónde guardo al niño asesinado, madre, no al niño muerto, al a-se-si-na-do? ¿Dónde guardo los quehaceres innombrables mientras tú explicas a tus amigas que a tu niña le ha dado por jugar a Luisa Lane y ser moderna, cuando yo sólo me siento una Clark Kent fracasada? ¿Dónde guardo la presión en el trabajo, las muertes de migrantes, la mujer de la maquila? ¡Ya no caben con las barbies!

Y es que vivimos en una generación de sopas instantáneas y amores instantáneos, que no duran más de cuatro copas, madre, y andamos por la vida con máscara antigás, y nos brotan trincheras en el alma y bombas en el cuerpo; vivimos en una generación de “quítate o te quito”, “me estorbas, te mato”, donde el compact disc sustituyó al disco de pasta como las computadoras nos sustituyen a nosotros, donde las llamadas son de contestadora a contestadora y la soledad es absoluta, madre. Donde estamos fragmentados, diluidos, reciclados, mientras los que se dicen profetas/defensores ecológicos pululan por las calles pronosticando el último desastre y el número ganador de la lotería, y los clubes de intelectuales te juzgan por la cantidad de hojasgastadastintaderramada, y se han asociado ya con tiendas de autoservicio, y la Nestlé reparte la cultura, y se reparten sus ropas, madre, mientras uno se enamora del apóstol reacio y renegado y se lanza a vivir un amor látex a fuerza de amor enlatado, madre.

Donde estamos solos.

Las ocho las ocho las ocho se acabó la reflexión de la mañana.

Es hora de ir al trabajo.

Tercera sorpresa:


NO HAY DINERO EN EL BOLSILLO

¡Claro!

Ella se aleja silbando una extraña tonada.


sábado, diciembre 13, 2008



Estribos



No. Definitivamente no me gusta perder los estribos.

Es incómodo buscarlos, después, tras el buró o debajo de la cama. Muchas mañanas he llegado tarde al trabajo tratando de encontrarlos, pues una vez que los pierdo aún dentro de mi propia casa, pasan horas antes de que logre recuperarlos. A veces pareciera que tuviesen vida propia y se empeñaran en hacerme las cosas más complicadas.

Si los llegase a perder fuera de casa, temo que no podría recuperarlos y no encontraría otros de mi medida. Me dan escalofríos al pensarlo. Sería terrible andar por el mundo con estribos que no me calcen, pues si me quedaran apretados, moriría de vergüenza al ir por la calle con el genio de fuera, y por el contrario, si me quedaran demasiado grandes, lo único que conseguiría es perderlos de nuevo fácilmente.

Por eso procuro dormir con ellos, por más incómodo que parezca.

De otra manera correría el riesgo de confundirlos con los de quien, a veces,  duerme a mi lado.

Lo he tratado todo. 

Le he doblado una esquinita, los he marcado con mis iniciales, los he guardado en bolsas de plástico e incluso los amarré una noche al pie de mi cama, pero es por demás: como si fuera cosa del diablo, si me los quito para dormir, no aparecen en el lugar que les asigné una noche antes y entonces ya imaginarán de qué humor amanezco.

Siempre me he preguntado si los holandeses usarán estribos de madera.

Y en Japón, ¿se quitará los comensales los estribos antes de entrar a cualquier restaurante? ¿Tendrán alguna manera de contralar el carácter de la gente sin estribos en los restaurantes japoneses?

Por más que yo trato de echarles un ojito de vez en cuando, si me quita los estribos en público, siempre temo que me los roben. Mis hijos pierden sus estribos a cada rato. Es cosa de llevarlos a uno de esos parques donde deben dejarlos a la entrada y adiós estribos, llegan a la casa hechos un berrinche. He tratado de marcar sus pequeños estribos de alguna manera, hacerles una marca con un cuchillo, etiquetarlos con un pedacito de papel en blanco o escribir su nombre con un marcador imborrable, pero a esa edad los niños son poco cuidadosos y por si fuera poco necesitan estribos nuevos cada año.

Una vez tuve unos estribos preciosos, de plata, pero una amiga de una amiga entró a la casa y no le llamó nada más la atención que mi flamante par de estribos. Ya se imaginarán entonces el sainete que hice al quedarme con el genio al aire.

Ahora que voy de prisa todo el día procuro no quitármelos, porque con las carreras podría correr el riesgo de ponerme un estribo de uno y otro de otro, con lo que me vería muy extraña gritando y sonriendo al mismo tiempo en medio de una singular rabieta mientras que varios hombres vestidos de blanco acuden a encerrararme en algún hospital psiquiátrico con todo y los estribos que no cazan. 

Por eso prefiero dormir con ellos puestos. Aunque me causen una comezón horrorosa y amanezca adolorida y con la boca seca.

He procurado acostumbrarme a las nuevas versiones, pero la tecnología avanza muy rápido y yo no me acomodo a esos estribos modernos que vienen con tantas opciones. Detesto especialmente los que traen hasta antivirus integrado. 

¡Batallé tanto cuando salió la primera edición en Windows! 

Todavía añoro aquellos que venían en un programa llamado Wordstar. Pero eso fue incluso antes del Internet. Cuando las cosas eran más sencillas y no todo era electrónico. 

En realidad, aún prefiero las versiones menos complicadas, antiguas, si se quiere.

Sobre todo manuales.

Las que se calzan fácilemnte o las que se llevan bajo el vestido y abotonan o se amarran con cintas y sobre todo, las que siguen hechas de hueso de ballena.

viernes, noviembre 28, 2008



ELLA ES UNA DIOSA


Desde la primera vez que la vi supe que no era de este mundo. Lo supe cuando me miró a los ojos, así tan descaradamente, con esa mirada directa y terrible que suele uno encontrarse en los ojos de las diosas. Más tarde, la Diosa decidió hacerme su víctima.

Afrodita, Palas Atenea, la Coatlicue, ninguna se compara, pues sólo ella es única e indivisible.

La veo llegar cada mañana, sonriente y despeinada, con sus pantalones rotos y sus lentes oscuros, con sus botas gastadas y su olor a flores. Sé que sólo ella es la única, la diosa entre las diosas. Palas Atenea, la hermosa Afrodita, la terrorífica Coatlicue y hasta la exótica diosa Maya palidecerían con tan sólo echarle una mirada. ¿Qué no se dan cuenta? ¿Qué no ven los rayos luminosos que despide? Sólo ella, con toda la injundia de las de su especie, ha decidido dejar su penthouse con aire acondicionado y dos carros a la puerta en el Paraíso y venirse a vivir a la Tierra para juguetear con nosotros los mortales.

Tal vez ustedes me consideren loco. Tal vez se imaginen que estoy obsesionado, Ustedes se preguntarán qué fue exactamente lo que me hizo descubrir esa naturaleza suya tan poco humana. No se cómo explicarlo. Contrario a lo que nos enseñan en primaria, los dioses no se elevan a voluntad ni utilizan sus poderes como brujas de utilería. No les salen rayos por los ojos ni de sus manos brotan los milagros. No se visten con túnicas blancas ni utilizan pequeñas sandalias doradas. Más bien prefieren los pantalones de mezclilla con agujeros en las bolsas y generalmente visten de negro.

Las diosas no tienen cuerpos perfectos. No serían contratadas por ninguna agencia de modelos. Más bien son redondas y chaparritas, se alimentan con tostadas de almejas y cocacolas recién ordeñadas. En realidad, su peso les tiene sin cuidado, su cuerpo las mortifica sólo en el momento en que no pueden cerrarse los pantalones. Entonces deciden inscribirse a clases de aerobics y exclaman, indignadas, que el sólo precio de las inscripciones es suficiente como para dar derecho a cualquiera a tener los cuerpos que se les pegue la gana. Uno debería —dicen enojadas— pagar por el derecho a adelgazar sin estar a dieta en lugar de pasarse el día haciendo sacrificios. Eso habría que dejárselo a los mortales. Entonces las nubes se tornan oscuras y de las alturas brotan truenos y relámpagos. Hasta que a las diosas se les pasa el coraje y todo vuelve a ser como antes. La playa es de nuevo la playa y el sol, el mar y las nubes se colocan de nuevo en sus lugares indicados.

Las diosas son muy contradictorias. De pronto se te aparecen frente a ti con toda la intención de seducirte y luego te dan la espalda porque así como te tomaron, así te han olvidado.

Las diosas prefieren la plata que el oro y no se pintan mucho la cara. No lo necesitan. A sus treinta años están orgullosas de sus pecas y sus pequeñas arrugas, lo cual sólo sirve para confirmar su verdadera condición de diosas.

Las diosas cambian de opinión rápidamente. Son apasionadas con todas sus ideas y las defienden hasta el final, pero son tan ligeras que así como pueden tomar algo y guardarlo en su corazón, lo pueden abandonar como el niño que abandona sus juguetes.

Los corazones de las diosas son como grandes edificios de departamentos donde siempre habrá uno destinado para ti, pero ni se te ocurra pensar que serás el único inquilino. Las reglas por las cuales se rigen son las reglas de ese corazón-edificio, y les es sumamente importante que te lleves bien con todos los vecinos.

Las diosas escuchan a Velvet Underground algunas tardes y prenden incienso de sándalo en su oficina. Nosotros les erigimos pequeños altares en nuestro corazón y derramamos nuestras añoranzas sobre el rastro que dejan a su paso con pequeños trozos de nuestro espíritu convertidos en pétalos de rosa.

Las diosas son distraídas y generalmente caminan por los pasillos sin poner la más mínima atención en nada. Viven en un mundo especial lleno de música, libros en idiomas extraños y viajes al ciber-espacio. Su oficina está llena de toda suerte de objetos exóticos, como piedras de colores, incienso y diccionarios. Las paredes de sus recintos están cubiertas con las pruebas de sus encantos. En su corcho puedes encontrar el testimonio de cada uno de sus milagros: fotografías con el Jefe de Jefes, tarjetas de embajadores, ofrendas de sus fieles y otros testimonios de su condición inmortal.

Las diosas se comunican con los gatos. Solamente a ellos acarician de la manera que a tí te gustaría que te acariciaran, y aunque generalmente se muestran absolutamente indiferentes, de pronto las diosas deciden divertirse un rato y entonces se lanzan de nuevo al mundo con los ojos llenos de seducción. Si tú eres el seleccionado sabes que el tuyo será el más dulce de los sacrificios. Sabes que te permitirá retozar con ella y cubrirá tu cuerpo de bendiciones. Entonces tú te sentirás inmortal por un rato y a su lado te sentirás también todopoderoso. En sus brazos descubrirás los secretos del universo y beberás de sus labios la fuente misma de la vida. Y gozarás tu sacrificio aunque sabes, lo sabes, que al día siguiente no podrás recordarlo y que para ella volverás a ser el mismo mortal insignificante.

Entonces la seguirás viendo recorrer los pasillos, con la cabeza llena de mariposas blancas, llenando con su risa las paredes de verdades, acompañando sus pasos con música de flauta.

Y sólo tú sabrás y sólo ella sabrá su justa posición en la vida. Y te resignarás a verla como siempre, tan lejos y tan cerca, con sus pantalones rotos y su cara lavada y sus caderas undulantes que tienen el poder de convertir en sal a quien se atreva a violar el recinto de luz que las protege. Y desearás ser atrapado una vez más por esas piernas blancas como postes de luz como troncos como seda. Y te quedarás mudo y absolutamente callado al verla pasar a tu lado, mientras tú, humilde mortal pegado como calcomanía a las paredes, te preguntas si todo habrá sido un sueño. Pero ella volteará justo entonces, y por sólo un segundo, te mirará directamente a los ojos y en su mirada habrá miles de minúsculos cascabeles que bailan y entonces sabrás que sí, estás ante una diosa y que, aunque parezca que no tiene tiempo siquiera para verte, las diosas siempre se acuerdan de sus fieles.



Gavilán o Paloma


Amiga, hay que ver cómo es el amor
que vuelve a quien lo toma
gavilán o paloma;
pobre tonto,
ingenuo charlatán,
que fui paloma por querer ser gavilán.
--José José


La pequeña señorita Equis se asoma remilgosamente al espejo. Sabe exactamente qué es lo que verá. Sabe que la superficie clara y brillante le devolverá su imagen justo como ella lo merece: Unos ojazos claros —del color que se desprende de las alas de las mariposas, habría dicho uno de esos hombres comunes, pero que ella calificaba como buen amante.— Y aquí habría que hacer una clasificación muy clara, una distinción precisa, entre lo que se puede considerar como un buen amante y lo que se puede considerar como un buen amante, porque como ya todos sabemos, si en algo podría decirse que la Pequeña Equis era experta, era en amantes. Los conocía a todos, los tímidos, los dulces y los imponentes, los ligeros como gotas de agua y los soberbios como mujeres cincuentonas. Los conocía a cada uno de ellos, esa lista enorme, anónima, sin nombres para recordar.

Recordaba al primero, por supuesto, al que tomó su virginidad en el asiento trasero del viejo Granada (qué cliche tan gringo, que cursilería tan grande entregar tu himen a los dioses del amor carnal en el asiento de un automóvil) o, ¿sería ese el primero? Sí y no. Porque Equis perdió su virginidad no una, no dos sino tres veces.

¿Cómo es posible? Muy sencillo. Tómese primero a una estudiante de tercer semestre de preparatoria, a una niña educada en colegios de monjas, una niñita naive pero con todo el calor de Dios entre las piernas; tómese entonces a esta chaparrita pecosa y dótela de una curiosidad enorme por el sexo opuesto. La niña, claro está, creció sin haber posado sus ojos vírgenes sobre un pene. Fue la mayor de cuatro sin varón en casa y sus ojos vírgenes morían por dejar de serlo.

Pues decíamos tómese a esta niña, pero en realidad quien la tomó fue el guerito W casi casi a la fuerza. A la fecha no está muy claro el motivo, pero o de tanto que Equis se acostumbró a tener las piernas cerraditas el himen o el pene batallaron para cumplir su cometido. El pene intentó e intentó, claro, pero el pequeño himen rígido de tabú y de terror y fortalecido por 17 años de catecismo, resistió valerosamente los embates hasta que su dueña primero suplicó, luego gritó y más tarde ordenó que se suspendiera la sesión e intentara continuarse alguna otra vez por favor por favorcito.

Pero el joven Pene (teniendo en su acervo de conocimientos dos clases y media de Psicología con el profesor Ojitos) estaba seguro de que el sexo, de no ser consumado, causa un trauma indeleble en las niñas y las deja frígidas, y como estaba seguro de que Equis estaba destinada a ser una gran amante, no quería truncar su carrera.

Está bien. Está bien. A la una... (abro bien las piernas y me pongo en posición de abdominales)... a las dos (qué curioso objeto tan grotesco pero tan suavecito)... y a las tres (¡aaaaay!, ahora sé cómo deben sentirse los caballitos del carrousel con el palo atravesado) ¿Y eso fue todo? ¿Tantos siglos de controversia, pasión y literatura para uno dos tres duele y a un lado? Ugggh, ¿qué es esto mojadito que tengo entre las piernas?

Y así fue la primera vez de la primera vez.

La segunda vez de la primera vez no fue nada más afortunada. Ese que ya mencionábamos en el párrafo pasado, el Cachanilla Boy con tres cervezas y muy mal aire acondicionado decidió otorgarle el trofeo de su masculinidad a esa muchacha gordita que lo amaba tanto. Los calzones de las frutitas de Cachanilla Boy lucharon contra las braguitas rosas tres caídas a una en el asiento trasero del viejo Granada. Afuera soplaba un viento Santana y a lo lejos se divisaba la sirena de una Patrulla del Municipio de Mexicali. El himen de nuevo necio, siguió causando problemas a la cortesana recién estrenada. Pero esta vez, por lo menos estaba preparada así que cerró los ojos, apretó la quijada y repitió “no me duele no me duele no me duele” hasta que el el acto estuvo consumado.

La tercera caída fue más benévola. En primer lugar, por fin fue en una cama. Una cama muy pegadita al techo de una habitación muy pequeñita donde el Niño Flor Gringo que había escogido para ser su novio vivía en el garage de la casa. Su madre, la Gringa Hippy, tarde o temprano se cansaría de sus acrobacias amorosas y lo correría de su casa. Coger con una muchachita redonda y color de rosa es algo muy bonito. Coger, en general, es algo muy bonito. Por supuesto, esta narradora solo puede inferir que el sexo es muy bonito porque su vida sexual es tan emocionante como la de las tortugas.

Todo esto lo piensa la Pequeña Señorita Equis al mirarse al espejo, sabiéndose atractiva, sabiéndose también con un derrieré poco común pero eso qué importa cuando hay suficiente rímel en los ojos, cuando la sonrisa de dientes parejos y los labios gruesos y bien delineados se ofrecen jugosos en un pequeño pout que a todos les parece encantador.

La pequeña Equis ha leído “Los hombres son de Marte y las mujeres son de Venus”. Pero ese libro no le dijo nada. La Pequeña Equis sabe que los hombres y las mujeres somos terrenales, apasionados. Cogelones. Sabe que sólo basta la promesa coqueta de uno ojos enormes para que un murmullo de voces susurre a su oído que es la más hermosa y para que esas manos deseosas de acariciarla toda saquen presurosas las carteras de la bolsa trasera y paguen uno tras otro los martinis. Martinis, cigarros y varones. Qué rica combinación. “Tan sólo unas copas y esta mujercita deliciosa es mía gratis y sin tarjeta de control del centro de salud”, se murmura a sí mismo El Muchacho En Turno, mientras acaricia la espalda de nuestra inocente Equis.



Llega la hora de partir. La música se termina y hay que llegar a casa antes de que amanezca. “Tu carro o el mío, muchachita hermosa, capullito de rosa, la mujer que tanto había esperado, a qué hotel quieres ir a coger, mi cielo, mi virgencita pura, en qué hotel quieres pasar las próximas dos horas (porque en realidad la lana ya no me alcanza para que pasemos la noche juntos y no es que no lo quisiera, sabes, no es que tenga yo una esposa y dos hijos con gripa y un trabajo pinche al que debo llegar a las seis de la mañana, nada de eso, no es que no quisiera despertar con una vieja loca que conocí en un bar y sentirme culpable y tener que acompañar de nuevo a mi mujer a misa para alivianar mi culpa, no, no es eso, y tampoco es que tenga miedo de que te embaraces y te conviertas en una fatal atraction cualquiera y me andes buscando por todas partes con un cuchillo para cogerme una y otra vez, así que mejor nada más cogemos mientras estás borrachita y cuando se te baje ni te vas acordar de mi cara, aunque estoy muy guapo, ¿sabes?), ¿eh mamacita, eh pedacito de cielo, mi única, mi primera, mi mujer dulce y santísima?”

Y entonces —y aquí nuestra pequeña Equis sonríe seductoramente al recordarlo— sucede el milagro (mucho ojo lectores míos, mucho ojo, jóvenes apuestos y damitas deseosas de conocer el secreto tras esa sonrisa encantadora, tras ese look de niña inocente con cara de durazno invitando a ser mordido):

Noche a noche, seductor a seductor, la Pequeña Equis posa sus enormes ojos bien maquillados con Revlon y rímel sansouci sobre el rostro transfigurado del amante en ciernes y con la voz melosa de las colegialas susurra al oído lleno de testosterona que si quiere el joven, pueden dormir juntos, e incluso retozar un poco, ciertamente los manoseos y los apapachos están permitidos, pero ya tratándose de otra cosa pues el rollo es distinto, “y no porque no me gustes, sabes (no porque piense yo que te huelen los pies o la boca, o que no vas a tener una erección con tanta cerveza que traes en la barriga hinchada, y ni siquiera porque de plano me de sueño coger a estas horas de la noche, o tampoco porque se me haya olvidado el condón o porque de plano no me excites), al contrario, pienso que serías un amante fabuloso, pienso que me harías venir durante horas y que tu lengua es ya un pez enfurecido esperando devorarse la carnada de mi diminuto clítoris delicioso, pero ya sabes como son las cosas, en esta época de látex ya uno no puede arriesgarse a pescarse un buen SIDA, hay muchas enfermedades venéreas, ya no solo te chingas con el SIDA; la gonorrea se ha vuelto a poner de moda y ¿qué me dices del Herpes simplex? La Sífilis was here primero que nosotros y hasta de una hepatitis podríamos contagiarnos. Además yo leí en la revista SELF que los vellos púbicos acarrean muchos microbios y sabes, papacito lindo, no me gustaría tener que andar mañana rascándome las ladillas en mi taller literario. ¿Sabes que las camas de los hoteles están llenas de ácaros? Además, tú y yo apenas si nos conocemos, así que, corazón de mi vida, mejor dame otro besito y no seas tan promiscuo. Ay, por cierto, muchas gracias por las treinta y seis cervezas y los whiskeys que le compraste a mis amigas. Los martinis estaban deliciosos. Me encantó que me compraras flores y aunque el mariachi no era muy bueno la canción me gustó mucho. Eres un galán muy guapo, disfruté mucho tu compañía, pero debo ir a casa antes de que amanezca porque, después de todo:”

“fui educada en Colegio de monjas.”

Y como les decía, queridos lectores, La pequeña señorita Equis sonríe deleitosamente mientras su imagen fresca se asoma desde el espejo, sonríe y sabe, con esa certeza que solo poseen los locos y los santos, que el secreto de la vida no está en lo que uno hace, sino en lo que no hace.

Afuera, en algún lugar de esta ciudad dormida, arden las llamas de una serie de amantes frustrados que han enarbolado al fin las enseñanzas de aquél filósofo, San José José, que tan sabiamente exclamó: “pobre tonto, ingenuo charlatán, que fui paloma, por querer ser gavilán…”.

miércoles, noviembre 26, 2008





¿Qué fue de los Superhéroes?
(O la profesía que cambió el rumbo de mi vida)



En ese proverbial y misterioso Principio De La Humanidad, la comunicación era menos complicada: las señales de humo eran más efectivas que cualquier comunicado de prensa.

En La Actualidad, con todo lo que La Actualidad conlleva —tecnología digital, inteligencia artificial, computarización interactiva, telefonía celular, mensajes de texto, chats en tiempo real, redes sociales, blue tooth, E Te Ce—, la contaminación visual ha provocado una enorme confusión que hace imposible distinguir entre un llamado de auxilio y un ardid publicitario.

En Ciudad Gótica la comunicación también era sencilla. Bastaba con dirigir una señal al cielo para que Batman salvara a la humanidad de las más terribles hecatombes.

Ahora, gracias a la última devaluación, la recesión, el PAN, el PE, el PRI y el deterioro de la Selección Nacional, no hay superhéroe capaz de interpretar nuestros mensajes.

Por eso ellos creen que su pueblo ya no los necesita.

Me los imagino aburridos en La Legión, esperando nuestro llamado en la sala de juntas; irremediablemente solos en su central de operaciones, creyendo que los hemos olvidado o que preferimos la protección de las empresas de seguridad privada a su ayuda amorosa y desinteresada.

Pienso en Aquamán, Linterna Verde y el Hombre Araña; en el Dúo Dinámico, el Flash y el Capitán América absolutamente desconsolados, asomándose por las ventanas de su edificio transparente —sospechosamente parecido al Monte Olimpo—, tratando de sonreír o quejándose porque los humanos somos una raza de malagradecidos; recordando la muerte de Supermán en manos no del malvado Doomsday, sino del pendejo al que se le ocurrió que así aumentarían las ventas de Marvel Comics.

¡Qué falta de respeto tan grande! Sacrificar al Súper como estrategia publicitaria sin tomar en cuenta sus años de entrega, su defensa de la humanidad a cambio del amor de una periodista y su servicio gratuito a quien lo necesitara sin pedir a cambio nada más que una sonrisa,  sin percatarse siquiera de que su presencia kriptonizaba el corazón de cientos de mujeres que, como yo, jamás podremos olvidarlo.

Los Superhéroes también sufren. Los he visto vagar sin rumbo fijo con el traje raído y la capa manchada, tratando de ahuyentar la tristeza con una botella de mezcal en algún callejón oscuro o más de cuatro cervezas del Sótano Suizo; lamentándose de la situación económica y tratando de consolarse unos a otros con el recuerdo de tiempos mejores. Los he escuchado quejarse de que los precios han aumentado, de que la vida es más difícil y de que las mujeres ya no son como antes. Los he visto guardar silencio cuando alguien menciona a Luisa Lane y brindar a la salud de ese gran ejército de novias sacrificado al servicio de La Humanidad.

Los Superhéroes siguen siendo solteros. Su corazón aún se enciende al contacto de un par de ojos femeninos. Y yo sigo aquí solita, tan abandonada a mi suerte, tan sentada en la desesperanza, pensando que en el mundo ya no hay solteros que valgan la pena.

Pero esta vida moderna hace muy difícil que uno se fije en los defensores de las grandes causas. Con tanta crisis, tanta catástrofe y tanta violencia, es más importante la seguridad económica que un corazón noble y un uniforme llamativo.

¿Qué sería de mí —pregunto— con un marido superhéroe? ¿Qué haríamos nosotras, todo este contingente de mujeres disponibles, toda esta legión de buscadoras incansables de preñadores voluntarios y guardianes del buen bolsillo, con un marido que usa calzones colorados arriba de los pantalones y prefiere volar, nadar, correr a la velocidad de la luz, convertirse en una mole, comunicarse telepáticamente con los animales marinos, trepar por las paredes o simplemente liarse a golpes a buscarse un buen trabajo?

Queridos Superhéroes, seres encantadores, solteros incorregibles, valientes mal domesticados: es imposible vivir con un tipo que no se lava las manos después de salvar al mundo.

Es difícil soportar un marido que tiene visión de rayos equis y se dedica a rescatar damiselas.

Es vergonzoso salir con un galán que anda por las calles con antifaz, pantaloncillos cortos y botines rojos.

Es duro superar el mal gusto.

Pero las mujeres aún deseamos ser salvadas. Los dedos de nuestro corazón se mantienen cruzados y estamos dispuestas a perdonar casi cualquier cosa.

Millones de relojes biológicos alrededor del mundo hacen tic-tac al unísono mientras que miles de mujeres nos dejamos crecer la cabellera en espera fiel del héroe que llegará a rescatarnos del pozo oscuro de la soledad canija.

Queremos maridos.

Queremos pastel de bodas, vestido blanco y recuerditos cursis.

Queremos casa de tres recámaras con un perro a la puerta y un jardín lleno de pequeños semi-héroes.

Queremos ser salvadas de perecer en las garras de la malvada soltería.

Queremos ser amas de casa, queridos Superhéroes.