Mostrando las entradas con la etiqueta Prosa Poética. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Prosa Poética. Mostrar todas las entradas

martes, septiembre 08, 2009



Luna Intoxicada


Durante toda la tarde anticipamos el momento de llegar a casa. Con la puesta del sol nos revestimos de una vitalidad extraña y salimos a la calle para colocar fragmentos de nuestra historia en edificios viejos, salones de baile y oscuros subterfugios del mundo nocturno. 

Adornamos sus muros con miradas furtivas, pequeñas discusiones y un deseo enorme y muy mal disimulado. Nuestro amor se toma las cosas con paciencia. Al llegar la madrugada me esperas, pensativo, mientras yo conjuro la nostalgia con jabón y agua tibia. Nos aproximamos despacio, en un cortejo singular y delicado, reconquistando el cuerpo del otro con cada contacto de los dedos. 

Me besas primero lentamente, recordando sabores y texturas, me recorres toda y me retornas al hogar de nuestro lecho mientras yo me sorprendo del calor que generan nuestros cuerpos.

Las arterias se entrecruzan mientras la sangre galopa por las venas. Hacemos el amor al ritmo de las tormentas eléctricas. Entonces nos trasmutamos, intercambiando sudor, saliva y semen hasta no distinguir dónde empieza el cuerpo de uno y termina el cuerpo del otro. 

Con el orgasmo se terminan las fronteras. Las lenguas vuelven a sus recintos en cavidades ancestrales. Estallamos elevándonos por un momento, inmateriales, convertidos en minúsculos fragmentos de nosotros mismos que se elevan encendidos por la luna intoxicada.

sábado, junio 27, 2009

Tu Ausencia


La ausencia de tu cuerpo me acompaña, me enamora, me seduce. Me sigue a la cocina mientras me preparo el café de la mañana. A veces la siento tan cerca que creo que está a punto de abrazarme por la espalda, pero cuando volteo para regresar el abrazo ya no está ahí.

Tu ausencia es como tú. Me juega bromas todo el día. Se esconde en cada rincón de la casa vacía, pero yo alcanzo a ver su imagen reflejada en los espejos. Me susurra al oído cosas que no alcanzo a entender, pero que hacen que mi cuerpo se electrifique. Me paso el día entero tratando de descubrir dónde se esconde.

Y al final, cuando creo que todo ha sido un espejismo y me concentro en escribir, levanto los ojos del teclado y tu ausencia me sonríe desvergonzadamente, sentada en la cama.

Dejo la máquina a un lado y tu ausencia me acaricia con sus manos ausentes, besa mi cuello, recorre mi espalda, reclama mi cuerpo y me toma hasta llenarme toda.

Te soy infiel con tu ausencia.

sábado, octubre 18, 2008



Y vio Dios que era bueno



Te arrancas el disfraz y vuelves a tus orígenes. Estamos cerca, muy cerca, jugamos a la Vida reconociéndonos cada uno en el cuerpo del otro. Me recorres, me bebes y te sumerges en el agua clara de un mundo propio. Tuyo. Nuestro. Un mundo que inicia y termina en la puerta frágil de madera oscura que quisiera caerse a cada instante.
Te quedas quieto con los ojos abiertos, asombrados de ti mismo y de nuestros cuerpos juntos uno frente al otro, sobre el otro, entre el otro.
Te quedas quieto velándome el sueño, me cuentas cuentos. Me cuentas cuentos recién inventados y me bañas de flores y de palabras.
Y perdemos hasta el nombre.
Somos entonces las parejas antiguas de todos los tiempos, somos nosotros mismos recién nacidos: recién inventados inventando mundos alternos para retozar
desnudos como niños
desnudos como viejos
desnudos como amantes
como siempre
como ahora
como antes.
Te quedas quieto grabando mi cara atrás de tus ojos como talismán contra la mala memoria. Reconoces mi boca con tus manos, mis piernas con tus manos, mi cara con tus manos. Los bautizas. Les das nuevo nombre y el nombre es bueno.
Y vio Dios que era bueno.
Te reconstruyo. Abro los ojos y te reclamo. De nuevo me tocas. De nuevo nuestros cuerpos se tocan y de nuevo el espacio desaparece, se transforma y se multiplica. Y de nuevo nada existe.
Renacemos al mundo limpios y conversos, como recién paridos.
¿Y vio Dios que era bueno?
Me imagino y pienso y me parezco a ti, a lo que sientes, porque soy tu sentimiento, tu sueño tranquilo y tu respiración en mi espalda, tu espalda, esos días que se repiten en el tiempo y el espacio y que no mueren, que no se van porque son tuyos.

viernes, septiembre 19, 2008



Breve descripción de un beso



Ligeros, los labios se aproximan, las bocas se perciben una a otra, juegan a conocerse suavemente, se acercan y se alejan, prueban un labio, luego el otro, encuentran la humedad propia, ajena, compartida. El aliento del amado se descubre, las bocas intervienen, los labios continúan explorando suavemente, cada vez es necesario un poco más de presión, un poco más de labio, hasta que las lenguas, curiosas, salen, acarician, tocan, primero tímidamente, más tarde de boca a boca, los labios ejerciendo una succión deliciosa, exquisita, anunciando nuevas sensaciones. En el beso se da todo, se adivina todo. El cuerpo entero está en el beso, en el encuentro de los labios, en las caricias de las lenguas. Finalmente, los labios ya saciados de las bocas, se disponen a explorar nuevos resquicios, hay una ligera rebeldía de los labios al separarse, un momento único donde las caras se alejan y los amantes se ven a los ojos, pero los labios se mantienen unidos un momento más. Después del beso sigue el ritual del amor. El beso cubre el cuerpo, explora cavidades, estalla en gemidos; los amantes se besan con los ojos, con las manos, con las piernas; cada caricia es un beso, el mismo orgasmo es un gran beso. Los sexos se besan el uno al otro, se penetran en tibias humedades y se exploran, cual lenguas, tocando aquí y allá hasta conocerlo todo. El amor siempre explora, besa, descubre. Quizá el secreto del amor es no cansarse de besar no sólo el cuerpo, sino también la mente y el alma del amado.

martes, septiembre 02, 2008



DESATO LAS AMARRAS


Ensenada me mira desde su trinchera, agazapada, mientras una nube rebelde roza mi cabellera. El atardecer sucede al ritmo del canto de los grillos y por fin cae la paz sobre el reflejo del agua.

Ya no te espero. Ya no espero nada, salvo llegar a tierra firme y anclar en el reencuentro de mí misma.

La mano fría de la brisa marina juega con los rizos que se escapan con voluntad propia de mi trenza infantil. Abajo, frente a un mar donde navegan los ahogados, las arterias de esta ciudad callada se encienden y adquieren movimiento: juegan, se achican, se agrandan y le dan al puerto un aire de festejo mientras yo sigo aquí, sentada en esta construcción tan parecida a la nostalgia, evitando repetir frases de antaño con una superstición vieja, antigua, milenaria.

No hay maldad. No hay culpa. No hay castigo en este mar de luces que hormiguea incesante. Este mar que cintila, que tiembla azul frente a mis ojos limpios ya de tantas lágrimas.

Hoy tengo para ti un regalo. Te libero de mí, te dejo ir lejos. He tapiado por fin la puerta de este mi corazón venado. He destruido ese nido viejo donde terminan por perecer de asfixia los deseos.

Hoy desato mis últimas amarras para elevarme en vuelo, sostenida por cuatro alas transparentes que me colocarán por fin en el espacio justo de todos los humanos. Las alas del bien y las alas del mal. Las alas de la vida que comienza y acaba, que nace y termina.

Por una vez no miro el mar. Añoro más bien la fiesta de la gente, el murmurar de voces y el placer de la mirada ajena. La negrura de los cerros a lo lejos me recuerda mi antigua tristeza: ese pantano oscuro y movedizo.

Sé que en alguna parte de esta ciudad perdida estás tú, viviendo tu vida apresurado, no queriéndote perder ni un fragmento de esa realidad total que piensas que te envuelve.

He esperado 30 años para experimentar este único momento de paz, este hito imperceptible en el que todo es por fin como debería ser y yo giro por vez primera en sincronía con el Universo.

He esperado todo una vida para entender el instante preciso en que el reflejo del agua lo incendia todo, el instante único en el que el sol inflama a la ola y la convierte en una llamarada que alcanza la arena y luego muere.

Tengo frío.



viernes, julio 25, 2008




Retrato Hablado

a Víctor Hugo, por las memorias


Si pudiera dibujarte, retrataría primero el claroscuro de tu espalda. Me detendría en sus líneas, tan bien marcadas, para formar tu silueta oscura, casi felina. Con carboncillo te marcaría las cejas, inclinadas, y de bermellón colorearía tus labios, atenuándolos con un poco de rosa en las orillas. De mi pluma dejaría escapar tres gotas, colocando las primeras dos debajo de tus cejas y la tercera al lado derecho de tu cara, sobre tu labio. Me encargaría de pintarte muy bien el torso, marcando ese surco que te divide en dos hermanos. Te dibujaría desnudo, sobre mi cama, oscureciendo tu piel con pelo de camello. Me esmeraría en trazar cada una de tus líneas cuidadosamente, para que caminaras con pasos seguros por la vida. Te otorgaría unos dedos largos y fuertes, para que con ellos exploraras mis resquicios.
Con pinceladas suaves, pero firmes, trazaría el contorno de tu frente, desde su base curva hasta el nacimiento sensible del cabello. Te retrataría casi de memoria, sin olvidar tus músculos compactos y tu cabello negro, sin olvidar una sola marca de tu cuerpo, pero borraría con gusto las dos líneas que dibujan tus recuerdos.