jueves, septiembre 03, 2009



Principios y Finales

 
Los detesto.

Los veo invadir las filas de los bancos, tomar las cajas por asalto e invadirlo todo con sus estuches y sus bolsas listos para depositar monedas y billetes. Los observo hablar en voz baja, en ese extraño lenguaje que sólo ellos pueden entender.

Tengo ganas de asesinarlos.

Yo sólo soy una mujer extraña, mal encarada, que tiene ya una hora sentada sola en una esquina y se dedica a escribir mientras espera a que pase el tiempo para que llegue su turno. Una mujer extraña que ni siquiera cabe en el esquema de señora o señorita.

Quiero matarlos.

Quiero sacar de mi bolsa imitación Prada una UZI o una Beretta automática y disparar y disparar y disparar contra todos hasta convertir la sucursal del Banco Panamericano en un escena de película. Quiero verlos caer al suelo en cámara lenta mientras la sangre decora las paredes con pequeñas gotas rojas y brillantes.

Pasa otra hora.

Quiero terminar con todo ese ejército de cobradores que invade nuestras cajas y hace que las cajeras sonrían, los cobradores alarguen los depósitos mientras le ven los senos o las piernas a las cajeras y las mujeres malencaradas como yo desesperemos sabiendo que si no cambiamos el cheque antes de que cierren el departamento de la luz o el agua o el teléfono vamos a sufrir un mal fin de semana.

Yo solo soy una mujer extraña que desea cambiar un cheque de 4000 pesos.

Pero he deseado seguir a cada cobrador hasta un callejón oscuro, clavarle el cañón de mi pistola en medio de los omóplatos y decir por fin esa frase tan deseada: “Arriba las manos cabrón. Arriba las manos aunque te suene a cliché, hijo de la chingada. Arriba las manos o te vuelo los sesos por tardarte tres horas y media en la caja siete. El dinero es lo de menos, pendejo."

Yo sólo soy una mujer extraña con un cheque de 4000 pesos y 10 minutos para pagar mis deudas. ¿No merezco acaso los beneficios de una fila express para usuarios con trámites pequeños?

Llega mi turno por fin.

La cajera me observa con ojos de cajera y me dice con voz de cajera “anote sus datos al reverso”. Yo pongo mi identidad en una pluma bic y la transcribo al reverso de un papel que pronto se convertirá en 4000 pesos. Ella me ve con sospecha pues no sabe si llamarme señora o señorita.

En eso, un grupo de hombres vestidos de negro y armados con las UZIs y las Berettas que yo no tengo entra al banco y nos rodea. El hombre de negro que hace fila detrás de mí dispara y los balazos se escuchan como sinfonía mientras yo caigo lentamente vomitando sangre por la boca, alcanzando a decir, como en cámara lenta, “Arriba las manos”.



4 comentarios:

  1. Rodrigo Gonzalezseptiembre 03, 2009

    Muy buen relato, cotidianamente genial. En partes me hiciste recordar a la pelicula "Pulp Fiction".

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  2. Ese ímpetu asesino... esa altisonancia. Me encantó.

    Creo que aquí vemos mucho de ti... creo que en ocasiones sí que tenemos ganas de empuñar un arma y matarlos a todos. Creo que eres una asesina en potencia.

    Y eso me place y me complace...

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  3. jejeje regina, sigues con la pluma bien afilada.

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  4. Wow...me parecio muy intensa esa experiencia de transacción bancaria cotidiana. Mmm...me preguntaba si eres así de mal encarada y si es posible ver las piernas de las cajeras jeje!

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